Un designio de la distracción, una llamada de atención, algunas veces una prueba irrelevante sobre nuestra hidalguía, o una alarma biológica que intenta decir algo, básicamente, así podríamos llamar a una herida. El calor febril que todo tiñe de rojo en su lento manar; el castigo al exceso que no se supo desaprovechar; la voz de las venas y arterias con las puertas abiertas: así se sintetizaría el sangrado. Una marca que es huella de caminos pasados y errores constantes. Un souvenir del peligro enfrentado, o del trofeo a la cobardía. La última advertencia, o la primera evidencia del fin de una vida. Eso define a una cicatriz. En cada palabra hay una espada, y en cada desilusión una enseñanza. Aquel que responde, también hiere. Aquel que no aprende, sólo sangra. De cada quien depende sobreponerse y continuar la lucha...
que se va haciendo al andar.