Hay dos sociedades coexistiendo en paralelo. Hay una que siento cuando me despierto, en una habitación apenas oscura y demasiado borrosa, herida por los rayos del sol sangrando a través de las ventanas. Donde la mente intenta recordar dónde estamos, y hacia dónde vamos, sin reparar en los porqués. Donde me miro al espejo tras lavarme la cara y caigo en un monólogo de preguntas silenciosas. Donde la única forma de responderlas, es poniendo manos a la obra, pensando en mi tribu, en su bienestar y en su óptimo desarrollo. Adquirir un lugar de relevancia que justifique las decisiones que darán forma al futuro y las decisiones tomadas, aprendiendo de los errores, forjando experiencias honestas y perdurables. Limando aristas, recortando las uñas, acicalando las púas del dilema del erizo para acercarse sin miedo a dañar. Y desde ahí, avanzar de a un paso a la vez, conectando los puntos entre personas. Está la otra realidad, esa que se materializa en los rostros grises...
que se va haciendo al andar.