L a playa era la misma: pasteles negros con voz propia en un papel húmedo, con ligeros colores fríos en cada detalle y costa visibles; sus aguas rasgadas por telarañas de espuma repetidas a través de las líneas de horizonte que, incluso en un fotografía, no dejarían de moverse. Había huellas visibles, testimonios de gravedad, volumen e historia vinculando humanidad, arena y olas... Huellas en el camino, que se va haciendo al andar, de pasos constantes y personales hiriendo ese límite entre el líquido y el sólido que, como el cemento fresco, es capaz de oficiar en lugar de la memoria. El cielo tenía el mismo color: sedas de ciruela esbozando una tormenta, aguas eternamente quietas, brillando con luz prestada. Refracciones de rosas, azules y violetas fugaces, fogosos, eternos y fríos. Las estrellas brillando explotaban cual fuegos artificiales en la distancia; sus chispas mudaban colores, destellos dorados en astilla...
que se va haciendo al andar.