El piso finalmente, ha alcanzado un techo. Las paredes, acá y allá, se han hecho firmes. Y a una puerta siempre mal abierta finalmente se le ha puesto aceite, y un candado. El día de todos nosotros, tiene sólo veinticuatro horas. Repartidas en deberes, quereres y pudieres. Todos miramos distinto, desde distintas alturas, y nuestros motores no rinden lo mismo. Así cada quien, sin pretextos razonables escoge simplemente su punto de vista. No debería importar nada más a los demás que aquello en lo que acordamos ciento por ciento. O de acuerdo al protocolo, así parece.